viernes, 15 de abril de 2011


para Fran
te amo.

cordón de plumas amarrado en la garganta
lo que queda de tibio cuando sobra respirar
como un globo de jabón o una tiza triturada
mis letras de rocío grabadas en tu espalda
amanecer con el vientre garabateado de azules
hinchar la panza blanda y bostezarte mi calor
espejar todas las dudas
y dilatar los poros
la boca
el abrazo
como pelo empapado de escarcha
como flor arrancada en el portal
abrir el pecho
arrancar entrañas
y con el corazón entre los dientes
enterrar un árbol
un viento de peces que te vuele la espera
un pétalo sabroso en tu pulpa de lengua
enredadera de curvas nuevas
piernas sutiles tejidas en la almohada
torres de cerveza creciendo en el balcón
poema de viento
clavado en la cintura
y trapecios de papel
para hamacar un rato al sol
ser aire de tormenta que brota con la sed
ser mano mojada de tanto nervio y de tanta piel
ser puerta entornada que filtra un recuerdo
y pulsos como serpentinas
destilando sudor viejo
rasgar de alas contra el vidrio
oscuridad que nos encierra
como jaula de bambú
y morir de a dos
a la orilla del colchón
en el borde del grito
voces que enmudecen el tiempo
jazmín de lluvia germinando entre las piernas
y nadar el cielo
lamer el conjuro y renacer mujer barro
embarrar lo impoluto
con el sexo entre los dedos
roer el último prejuicio
dejarse llevar
dejarse llorar





lunes, 11 de abril de 2011

Sobras

A la muerte le faltan dientes para desgarrar el recuerdo. Banderas descoloridas por el hambre, ojos cegados de tanto cielo, boca que muerde una vez más la humedad tibia del grito, la tersura del grito rojo atravesado en la garganta, boca que aprieta cada vez más fuerte, como amarrando con los dientes un conejo muerto o un último grano de libertad. Pies gastados de trinchera, de carta velada, de calle vacía, pies perdidos en una ciudad que mira siempre para el otro lado, pies vencidos que se entumecen con el recuerdo del frío en una semilla de viento. A la muerte le falta el casco, y el arma, y el cuerpo. Las noches en vela lamiendo heridas a la orilla de un recuerdo, tejiendo en las nubes un cuerpo desnudo y una cama blanda, las botas mojadas, la espalda hecha piedra, la almohada de barro que dibuja un abrazo, una ducha tibia, una taza de sopa. Los ojos tumbados para no ver las bombas, la mano del compañero frotándote una chispa de calor, y entonces el chiste vacío, la sonrisa de humo, las lágrimas clavadas entre los párpados rotos, la foto deshilachada que se pudre en el bolsillo, cada vez más blanca, cada vez más lejos. A la muerte siempre le faltará más muerte. La mano que tiembla y aprieta el gatillo, el cuerpo desplomado sobre un surco de escarcha, la inocencia atrofiada en el borde de un pulmón, las ganas perpetuas de llorar sangre, de llorar culpa, de llorar viento que te empuje al otro lado del mar. Y entonces los aviones, serpientes del aire, anguilas de hielo, el monumento absurdo, la mentira evidente, la angustia tímida pegada al televisor, y los barcos que se hunden, las cabezas flotando, los cuerpos hinchados de tanta agua y de tanta sed, los cuerpos robados de sus nidos de savia, los cuerpos envejecidos tan de repente, arrastrados por la ola, el fusil y la espuma germinando laureles, los cuerpos que yacen alineados y prolijos y tan brotados de ausencia. Y es que a la muerte le sobran las vidas. En sus bolsillos de musgo negro colecciona pelos, relojes, billetes. Islas enteras. A la muerte, ladrona, siempre le faltarán más guerras.