lunes, 28 de marzo de 2011

que viene el cuco


despertar patas arriba en un puente de cristal
despertar de arañas rotas enredadas en los dientes
despertar una vez más el conjuro de la ausencia
y bailar despertando submarinos de frambuesa
despertar con las manos ardiendo tierra roja
desvelar al mar
llorando a los gritos
despertar insomnio de cuencas raídas
revolear cajones
que despierten las ratas
desperezarse de agendas y despertar el latir
despertar con la caricia vibrando entre las alas
abrirse por fin a los brazos del cielo
despertar cachetadas al oído de los necios
arrancarle al sueño una gota de polen
vaciarse la sed zarandeando carnaval
descoser despertando los hilos que te arman
que despierten todos juntos los abriles en tu trazo
y despertemos los dos de espaldas
volcados sobre la luna
despertar con los pies nadados de peces
despertar con el musgo brotando en la boca
bucear bosques despiertos
hasta arrugar los bolsillos del sol
amanecer desnuda en la punta de una estrella
despertar con el crujir de un molusco de papel
con el pelo encendido despertar mujer fuego
despertar silencio
mamando árbol negro
con las venas al viento despertar la tormenta
destilar la memoria para no despertar
ser pétalo marchito en la tráquea del lobo
ser miga de crepúsculo mordida en el maizal
despertar con la daga hundida entre las piernas
despertar garabato
tragedia reseca
y vivir despertando a intervalos de pluma
despertar una mañana en el cuarto estómago de una vaca
en el corazón de una amapola cruda
en la lágrima muerta de un pincel
la vigilia ardiendo sesos
y de tan despierto
ser nada



sábado, 19 de febrero de 2011

Catáfilas

Deshojé cebollas hasta marchitar los párpados hasta vaciar las cuencas hasta partir los ojos en mil pupilas verdes lloré cebollas para regar las plantas y llover las plazas y beber los ríos de agua turbia partí mi cuerpo para regalar dedos caminar sexos compartir sangre con los muertos y los viejos y los reyes de piel azul abrí los pulmones y por la ventana tiré mis soplos alimento para caminantes y palomas tristes para que de mi aire se hinchen y vuelen alto al cielo como globos de papel rojo o avionetas de champú y con un solo golpe arranqué mi nariz de loba y bañé los semáforos y las calles con fragancias de miel oscura y los nervios y las lombrices brotaron todos juntos por el ombligo abierto entonces quise vomitar mi estómago y tirárselo a los perros y con un tramontina corté mi lengua en siete y en sobres perfumados repartí mis palabras para que nunca dejes de escucharme vibrar arranqué mis dientes para enhebrar collares que adornarán el cuello fino de las mujeres de peinado alto y con mi pelo tejí abrigos que se venderán por catálogos en peluquerías y sitios de internet salté las uñas de a una arranqué las pestañas las orejas los tendones desenterré los músculos con los que se fabricará el jabón que algún día lavará el mundo y desgajé mi corazón en cien latidos entre los ventrículos vi sangrar las espinas germinar las penas los poros los besos un océano de pétalos vivos entre las manos y soplarlos por el balcón verlos caer en el viento verlos morir bajo los autos bajo esas ruedas bobas y las botas negras siempre marchando y entonces temblar sobre la alfombra dejarse caer tan blanda sobre la alfombra sucia y saber que cuando mañana lleguen aquí lo único que encontrarán serán mis bocas y que cuidadosamente las envolverán en una servilleta usada para tirarlas en el tacho al salir.

martes, 15 de febrero de 2011

puerta es rectángulo

puerta es rectángulo
retazo de madera ajada
un ceder sutil en la humedad del crujido

puerta es muro que separa en un golpe seco
susurros y latidos y cuadernos de madrugada
puerta es mano temblorosa que duda en el umbral
que rasca despacito la madera del olvido

puerta es línea que dibuja los límites de ayer
fin del mundo o del juego
peces descoloridos secándose en el borde
puerta es siempre incertidumbre al otro lado
vacío o mil cuervos
cataratas de bilis de un sueño intranquilo
puerta es lo desconocido que chorrea por la frente
sudor nervioso y celda del dormir

puerta es suelo vertical en las piruetas del amante
respiración confusa que empaña tus ojos
una chispa antes del beso

puerta y se me eriza la nuca
porque puerta es adiós y hasta nunca ya de noche
es despedida de manos nostálgicas
ojos mojados de tanto atardecer

puerta separa lo que puedo y lo que no debo
puerta es reja por donde nunca pasa el sol
aviso de soledad y cartas en blanco
puerta y las pestañas sucias de tanto arder
nido de piernas amputadas
puerta amarra las alas del que sueña

puerta es fin pero también principio
porque la puerta se rompe a patadas
se cascotea hasta el cansancio para poder entrar
y entonces puerta es puerto
vientre maduro de espera
orilla de llegada y taza caliente
puerta es arroyo donde los barcos amarran
suspiro de alivio y abrazo del mar

puerta es menos mal que volviste anudado en la garganta
caricia de luz en la habitación a oscuras
el cuerpo raído deslizándose entre las sábanas
puerta es la mano que patina por mi espalda
nuestro refugio
la barrera contra el frío

puerta es la noche que se nos cae encima
tu boca mordiendo estrellas
mi pelo enredándose con la luna
puerta es lo que queda
cuando desaparecemos del todo

jueves, 20 de enero de 2011

Otoño

Las arrugas se le desdibujaron una tarde de abril. Un viento con olor a nuevo las borró de un soplo y él no pudo más que festejar. Tenía ahora la piel suave y lisa de quien acaba de llegar al mundo, y se sentía ochenta y cinco años más liviano. Más limpio. Pero las arrugas no se habían marchado solas. No. Cada arruga era en realidad la huella de un beso. Y en cada pliegue dormía el olor del pasto recién cortado, el calor de un dedo en el ombligo, el gusto a mar de labios ajenos y tan rojos. Cada surco escondía cartas y primaveras; fotos descoloridas, pies enroscados y el ventanal.

Unos días más tarde, comprendió. La idea viscosa le trepó por la garganta. Quiso vomitar de vértigo o de miedo. No pudo. La arcada no fue más que eso. Adentro, no quedaba nada.




texto felizmente publicado en BLA :)

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Manualidades

Las manos de Juana tienen el olor triste de la arcilla reseca, el sabor tibio del puchero fangoso que hierve entre inviernos crueles, la tersura de un manto de abuelas o de vientres cálidos. Las manos de Juana están ajadas de tanto frío y de tanto arar, rotas de tanto cultivar tubérculos e ilusiones, y entre las grietas esconden los restos de recuerdos vivos, el gusto a chupetín de cereza en la carcajada del niño, los deditos encendidos que señalan el cielo. Las manos de Juana huelen siempre a pulpa de durazno, a tierra húmeda, a lana de oveja. Saben a arrorró de madrugada, a curita en la rodilla, a caricia entre sábanas perfumadas.

Las manos de Juana no dejan nunca de parir primaveras, de amasar barros, de tejer margaritas. No descansan, ni siquiera cuando Juana duerme. Trenzan en el aire banderas y caracoles, enhebran hilos de lluvia que cosen almohadas que cosen sueños con gustito a rouge. Las manos de Juana no dejan nunca de moverse, de apretar montañas, de ensayar formas, de esculpir pinceles y de mojarlos en gris.

Y cuando todo el pueblo duerme, Juana y sus manos salen corriendo al jardín y trepan la escalera de dos en dos, tarareando alguna canción de la infancia, con la picardía en el rostro descolorido y el pincel bien aferrado entre los dedos. Entonces Juana llega al cielo y se cuelga de una estrella. Desde allí pasará la noche entera pintando las nubes, amasándolas entre caricias vivas. Y a la mañana siguiente los niños se levantarán para ir al colegio, y al recibir el primer cachetazo del viento descubrirán un conejo blanco y simpático que desde las alturas les arrancará un grito de sorpresa, y entonces por esta vez el camino hacia la escuela sí será divertido, inundado de formas nuevas y chillidos de azúcar, y los niños pasarán por delante de esa casa venida a menos sin siquiera preguntarse quién vive allí dentro, sin siquiera asomarse a susurrar un gracias, y a las manos de Juana no les importará pues bastará con escuchar las sonrisas que por la ventana se cuelan con el viento para cerrar los ojos y entonces sí, por fin, dormir.



lunes, 6 de diciembre de 2010

Libre de humo

Usted sale de su casa con gustito a beso de buen día pero llegando a la esquina esa sensación de ausencia rota le empasta una vez más la garganta entonces usted piensa qué más da y durante apenas un instante puede ver los ojos de su hija enormes y azules y empapados de puchero que le dicen no papá me prometiste que dejabas y a usted se le llena el alma de ladrillos pero las ganas son tan perversas y tan cuchillos y tan no puedo que usted acaba buceando en su bolsillo izquierdo hasta dar con el cigarro que busca y entonces se esconde en la cabina de teléfono no sea cosa que algún vecino pueda verlo al pasar y mientras la fragancia negra penetra cada centímetro del cuerpo agrietado y seco usted llora en silencio porque sabe que guarda un monstruo en el placard que guarda un monstruo en las entrañas y usted quiere pero no puede y entonces inhala con furia inhala con ardor como si cada centímetro de mugre nueva fuera un beso de mujer blanda y ahora usted está haciendo el amor con su cigarrillo sintiéndolo vibrar entre los dedos tan sumiso y tan tibio y ya no piensa en su mujer ni en su hija ni en el placard del dormitorio sólo piensa en el cuerpo tímido que apenas roza con la yema de los dedos en ese vaivén de perfume viejo en los pulmones y usted se sienta en el suelo de la cabina mientras el humo carcome las paredes de cristal mientras la culpa sucia empaña los vidrios y usted termina su cigarrillo así agazapado escondido de la vergüenza tuerta que lo espera ansiosa en la vereda de enfrente y usted se pone ahora de pie y maldice por lo bajo mientras tira la colilla y la aplasta con el zapato la observa tan frágil y retorcida y entonces mira su mano derecha su mano fumadora de la que el dedo índice se desprende completo se consume ante su mirada boba se convierte en polvo o en tierra desgarrada y entonces usted observa que a los demás dedos les ocurre lo mismo que usted ha perdido todos los dedos todas las ganas todo el aire limpio que usted se ha traicionado que no merece tener dedos ni manos ni brazos que su cuerpo entero se deshace ahora en cenizas frías se consume como su cigarro como sus mentiras de lija y usted ya no tiene manos que acaricien el cuerpo desnudo de su mujer sobre la alfombra ya no tiene piernas que lleven a su hija a pasear los domingos por la tarde ya no tiene ojos que se pierdan entre los robles de la plaza usted se deshace se fuma despacio doliéndose la pena y mientras sus labios se disuelven usted piensa que ya nunca más dirá te quiero y se le queman las pestañas el traje los zapatos y usted simplemente se desvanece agazapado en la cabina hasta ser todo polvo todo nada un montoncito de cenizas grisáceas junto a una colilla aplastada.

jueves, 18 de noviembre de 2010

De trólupos y lilares

Pompoleaba la avenida como un tonto cuando desde un fralelí amarillo asomaron los labios tibios de un trólupo que me invitó a crejir con él. Crejí nomás me dijo encantado, y entre sus dientes sucios voló una marinube. Y como éstas cosas no ocurren a menudo, es decir, no es corriente que un trólupo lo intercepte a uno así sin más en una tarde tan níbrea, le dije yo que sí que dale y juntos crejimos entre los lilares como dos desvergonzados. Los plombos que pasaban no dejaban de trovarnos, con drijos negros nos gurjían insultos de papel. Pero mi trólupo elelía carcajadas de lluvia y narandeaba entre los pétalos como un pliño de jardín. Y mis ojos ya descalzos parían margavientos, y entre mis crápulas brotaban milmelos de algodón. Y las liembres frescas zumbaban tangüentos de vino azul, y mi trólupo crejía cada vez más fuerte, con ese mombar de cosquillas en los dedos fruncos, esas ganas rotas de trinflar la vida en un pulmón. Y si algún plombo escrupitaba un improperio, entonces nos bajábamos los blónutos y le enseñábamos las nérgramas hasta que el muy desdichado huía como un cobarde. Y detrás del fralelí fueron pasando así las trunias, hasta que nuestros cuerpos atroviados se cansaron de crejir. Entonces nos frundimos en un brezno de lágrimas, y ya no elelimos. Y cuando nadie nos vio nos juncardiamos como dos plátaros tristes y así nos quedamos, inmólives, mojándonos de a sorbos fresios, panetrándonos los besos entre liembres y milmelos. Nos desinflamos como peces o globos tuertos. Y cuando nos sepradimos, nos supimos distintos. Más nínfaros, más trómulos, más étoros. Más vacíos.