

Deshojé cebollas hasta marchitar los párpados hasta vaciar las cuencas hasta partir los ojos en mil pupilas verdes lloré cebollas para regar las plantas y llover las plazas y beber los ríos de agua turbia partí mi cuerpo para regalar dedos caminar sexos compartir sangre con los muertos y los viejos y los reyes de piel azul abrí los pulmones y por la ventana tiré mis soplos alimento para caminantes y palomas tristes para que de mi aire se hinchen y vuelen alto al cielo como globos de papel rojo o avionetas de champú y con un solo golpe arranqué mi nariz de loba y bañé los semáforos y las calles con fragancias de miel oscura y los nervios y las lombrices brotaron todos juntos por el ombligo abierto entonces quise vomitar mi estómago y tirárselo a los perros y con un tramontina corté mi lengua en siete y en sobres perfumados repartí mis palabras para que nunca dejes de escucharme vibrar arranqué mis dientes para enhebrar collares que adornarán el cuello fino de las mujeres de peinado alto y con mi pelo tejí abrigos que se venderán por catálogos en peluquerías y sitios de internet salté las uñas de a una arranqué las pestañas las orejas los tendones desenterré los músculos con los que se fabricará el jabón que algún día lavará el mundo y desgajé mi corazón en cien latidos entre los ventrículos vi sangrar las espinas germinar las penas los poros los besos un océano de pétalos vivos entre las manos y soplarlos por el balcón verlos caer en el viento verlos morir bajo los autos bajo esas ruedas bobas y las botas negras siempre marchando y entonces temblar sobre la alfombra dejarse caer tan blanda sobre la alfombra sucia y saber que cuando mañana lleguen aquí lo único que encontrarán serán mis bocas y que cuidadosamente las envolverán en una servilleta usada para tirarlas en el tacho al salir.
Las arrugas se le desdibujaron una tarde de abril. Un viento con olor a nuevo las borró de un soplo y él no pudo más que festejar. Tenía ahora la piel suave y lisa de quien acaba de llegar al mundo, y se sentía ochenta y cinco años más liviano. Más limpio. Pero las arrugas no se habían marchado solas. No. Cada arruga era en realidad la huella de un beso. Y en cada pliegue dormía el olor del pasto recién cortado, el calor de un dedo en el ombligo, el gusto a mar de labios ajenos y tan rojos. Cada surco escondía cartas y primaveras; fotos descoloridas, pies enroscados y el ventanal.
Unos días más tarde, comprendió. La idea viscosa le trepó por la garganta. Quiso vomitar de vértigo o de miedo. No pudo. La arcada no fue más que eso. Adentro, no quedaba nada.
texto felizmente publicado en BLA :)

Usted sale de su casa con gustito a beso de buen día pero llegando a la esquina esa sensación de ausencia rota le empasta una vez más la garganta entonces usted piensa qué más da y durante apenas un instante puede ver los ojos de su hija enormes y azules y empapados de puchero que le dicen no papá me prometiste que dejabas y a usted se le llena el alma de ladrillos pero las ganas son tan perversas y tan cuchillos y tan no puedo que usted acaba buceando en su bolsillo izquierdo hasta dar con el cigarro que busca y entonces se esconde en la cabina de teléfono no sea cosa que algún vecino pueda verlo al pasar y mientras la fragancia negra penetra cada centímetro del cuerpo agrietado y seco usted llora en silencio porque sabe que guarda un monstruo en el placard que guarda un monstruo en las entrañas y usted quiere pero no puede y entonces inhala con furia inhala con ardor como si cada centímetro de mugre nueva fuera un beso de mujer blanda y ahora usted está haciendo el amor con su cigarrillo sintiéndolo vibrar entre los dedos tan sumiso y tan tibio y ya no piensa en su mujer ni en su hija ni en el placard del dormitorio sólo piensa en el cuerpo tímido que apenas roza con la yema de los dedos en ese vaivén de perfume viejo en los pulmones y usted se sienta en el suelo de la cabina mientras el humo carcome las paredes de cristal mientras la culpa sucia empaña los vidrios y usted termina su cigarrillo así agazapado escondido de la vergüenza tuerta que lo espera ansiosa en la vereda de enfrente y usted se pone ahora de pie y maldice por lo bajo mientras tira la colilla y la aplasta con el zapato la observa tan frágil y retorcida y entonces mira su mano derecha su mano fumadora de la que el dedo índice se desprende completo se consume ante su mirada boba se convierte en polvo o en tierra desgarrada y entonces usted observa que a los demás dedos les ocurre lo mismo que usted ha perdido todos los dedos todas las ganas todo el aire limpio que usted se ha traicionado que no merece tener dedos ni manos ni brazos que su cuerpo entero se deshace ahora en cenizas frías se consume como su cigarro como sus mentiras de lija y usted ya no tiene manos que acaricien el cuerpo desnudo de su mujer sobre la alfombra ya no tiene piernas que lleven a su hija a pasear los domingos por la tarde ya no tiene ojos que se pierdan entre los robles de la plaza usted se deshace se fuma despacio doliéndose la pena y mientras sus labios se disuelven usted piensa que ya nunca más dirá te quiero y se le queman las pestañas el traje los zapatos y usted simplemente se desvanece agazapado en la cabina hasta ser todo polvo todo nada un montoncito de cenizas grisáceas junto a una colilla aplastada.
Pompoleaba la avenida como un tonto cuando desde un fralelí amarillo asomaron los labios tibios de un trólupo que me invitó a crejir con él. Crejí nomás me dijo encantado, y entre sus dientes sucios voló una marinube. Y como éstas cosas no ocurren a menudo, es decir, no es corriente que un trólupo lo intercepte a uno así sin más en una tarde tan níbrea, le dije yo que sí que dale y juntos crejimos entre los lilares como dos desvergonzados. Los plombos que pasaban no dejaban de trovarnos, con drijos negros nos gurjían insultos de papel. Pero mi trólupo elelía carcajadas de lluvia y narandeaba entre los pétalos como un pliño de jardín. Y mis ojos ya descalzos parían margavientos, y entre mis crápulas brotaban milmelos de algodón. Y las liembres frescas zumbaban tangüentos de vino azul, y mi trólupo crejía cada vez más fuerte, con ese mombar de cosquillas en los dedos fruncos, esas ganas rotas de trinflar la vida en un pulmón. Y si algún plombo escrupitaba un improperio, entonces nos bajábamos los blónutos y le enseñábamos las nérgramas hasta que el muy desdichado huía como un cobarde. Y detrás del fralelí fueron pasando así las trunias, hasta que nuestros cuerpos atroviados se cansaron de crejir. Entonces nos frundimos en un brezno de lágrimas, y ya no elelimos. Y cuando nadie nos vio nos juncardiamos como dos plátaros tristes y así nos quedamos, inmólives, mojándonos de a sorbos fresios, panetrándonos los besos entre liembres y milmelos. Nos desinflamos como peces o globos tuertos. Y cuando nos sepradimos, nos supimos distintos. Más nínfaros, más trómulos, más étoros. Más vacíos.