Deshojé cebollas hasta marchitar los párpados hasta vaciar las cuencas hasta partir los ojos en mil pupilas verdes lloré cebollas para regar las plantas y llover las plazas y beber los ríos de agua turbia partí mi cuerpo para regalar dedos caminar sexos compartir sangre con los muertos y los viejos y los reyes de piel azul abrí los pulmones y por la ventana tiré mis soplos alimento para caminantes y palomas tristes para que de mi aire se hinchen y vuelen alto al cielo como globos de papel rojo o avionetas de champú y con un solo golpe arranqué mi nariz de loba y bañé los semáforos y las calles con fragancias de miel oscura y los nervios y las lombrices brotaron todos juntos por el ombligo abierto entonces quise vomitar mi estómago y tirárselo a los perros y con un tramontina corté mi lengua en siete y en sobres perfumados repartí mis palabras para que nunca dejes de escucharme vibrar arranqué mis dientes para enhebrar collares que adornarán el cuello fino de las mujeres de peinado alto y con mi pelo tejí abrigos que se venderán por catálogos en peluquerías y sitios de internet salté las uñas de a una arranqué las pestañas las orejas los tendones desenterré los músculos con los que se fabricará el jabón que algún día lavará el mundo y desgajé mi corazón en cien latidos entre los ventrículos vi sangrar las espinas germinar las penas los poros los besos un océano de pétalos vivos entre las manos y soplarlos por el balcón verlos caer en el viento verlos morir bajo los autos bajo esas ruedas bobas y las botas negras siempre marchando y entonces temblar sobre la alfombra dejarse caer tan blanda sobre la alfombra sucia y saber que cuando mañana lleguen aquí lo único que encontrarán serán mis bocas y que cuidadosamente las envolverán en una servilleta usada para tirarlas en el tacho al salir.
sábado, 19 de febrero de 2011
Catáfilas
martes, 15 de febrero de 2011
puerta es rectángulo
jueves, 20 de enero de 2011
Otoño
Las arrugas se le desdibujaron una tarde de abril. Un viento con olor a nuevo las borró de un soplo y él no pudo más que festejar. Tenía ahora la piel suave y lisa de quien acaba de llegar al mundo, y se sentía ochenta y cinco años más liviano. Más limpio. Pero las arrugas no se habían marchado solas. No. Cada arruga era en realidad la huella de un beso. Y en cada pliegue dormía el olor del pasto recién cortado, el calor de un dedo en el ombligo, el gusto a mar de labios ajenos y tan rojos. Cada surco escondía cartas y primaveras; fotos descoloridas, pies enroscados y el ventanal.
Unos días más tarde, comprendió. La idea viscosa le trepó por la garganta. Quiso vomitar de vértigo o de miedo. No pudo. La arcada no fue más que eso. Adentro, no quedaba nada.
texto felizmente publicado en BLA :)
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Manualidades

lunes, 6 de diciembre de 2010
Libre de humo
Usted sale de su casa con gustito a beso de buen día pero llegando a la esquina esa sensación de ausencia rota le empasta una vez más la garganta entonces usted piensa qué más da y durante apenas un instante puede ver los ojos de su hija enormes y azules y empapados de puchero que le dicen no papá me prometiste que dejabas y a usted se le llena el alma de ladrillos pero las ganas son tan perversas y tan cuchillos y tan no puedo que usted acaba buceando en su bolsillo izquierdo hasta dar con el cigarro que busca y entonces se esconde en la cabina de teléfono no sea cosa que algún vecino pueda verlo al pasar y mientras la fragancia negra penetra cada centímetro del cuerpo agrietado y seco usted llora en silencio porque sabe que guarda un monstruo en el placard que guarda un monstruo en las entrañas y usted quiere pero no puede y entonces inhala con furia inhala con ardor como si cada centímetro de mugre nueva fuera un beso de mujer blanda y ahora usted está haciendo el amor con su cigarrillo sintiéndolo vibrar entre los dedos tan sumiso y tan tibio y ya no piensa en su mujer ni en su hija ni en el placard del dormitorio sólo piensa en el cuerpo tímido que apenas roza con la yema de los dedos en ese vaivén de perfume viejo en los pulmones y usted se sienta en el suelo de la cabina mientras el humo carcome las paredes de cristal mientras la culpa sucia empaña los vidrios y usted termina su cigarrillo así agazapado escondido de la vergüenza tuerta que lo espera ansiosa en la vereda de enfrente y usted se pone ahora de pie y maldice por lo bajo mientras tira la colilla y la aplasta con el zapato la observa tan frágil y retorcida y entonces mira su mano derecha su mano fumadora de la que el dedo índice se desprende completo se consume ante su mirada boba se convierte en polvo o en tierra desgarrada y entonces usted observa que a los demás dedos les ocurre lo mismo que usted ha perdido todos los dedos todas las ganas todo el aire limpio que usted se ha traicionado que no merece tener dedos ni manos ni brazos que su cuerpo entero se deshace ahora en cenizas frías se consume como su cigarro como sus mentiras de lija y usted ya no tiene manos que acaricien el cuerpo desnudo de su mujer sobre la alfombra ya no tiene piernas que lleven a su hija a pasear los domingos por la tarde ya no tiene ojos que se pierdan entre los robles de la plaza usted se deshace se fuma despacio doliéndose la pena y mientras sus labios se disuelven usted piensa que ya nunca más dirá te quiero y se le queman las pestañas el traje los zapatos y usted simplemente se desvanece agazapado en la cabina hasta ser todo polvo todo nada un montoncito de cenizas grisáceas junto a una colilla aplastada.
jueves, 18 de noviembre de 2010
De trólupos y lilares
Pompoleaba la avenida como un tonto cuando desde un fralelí amarillo asomaron los labios tibios de un trólupo que me invitó a crejir con él. Crejí nomás me dijo encantado, y entre sus dientes sucios voló una marinube. Y como éstas cosas no ocurren a menudo, es decir, no es corriente que un trólupo lo intercepte a uno así sin más en una tarde tan níbrea, le dije yo que sí que dale y juntos crejimos entre los lilares como dos desvergonzados. Los plombos que pasaban no dejaban de trovarnos, con drijos negros nos gurjían insultos de papel. Pero mi trólupo elelía carcajadas de lluvia y narandeaba entre los pétalos como un pliño de jardín. Y mis ojos ya descalzos parían margavientos, y entre mis crápulas brotaban milmelos de algodón. Y las liembres frescas zumbaban tangüentos de vino azul, y mi trólupo crejía cada vez más fuerte, con ese mombar de cosquillas en los dedos fruncos, esas ganas rotas de trinflar la vida en un pulmón. Y si algún plombo escrupitaba un improperio, entonces nos bajábamos los blónutos y le enseñábamos las nérgramas hasta que el muy desdichado huía como un cobarde. Y detrás del fralelí fueron pasando así las trunias, hasta que nuestros cuerpos atroviados se cansaron de crejir. Entonces nos frundimos en un brezno de lágrimas, y ya no elelimos. Y cuando nadie nos vio nos juncardiamos como dos plátaros tristes y así nos quedamos, inmólives, mojándonos de a sorbos fresios, panetrándonos los besos entre liembres y milmelos. Nos desinflamos como peces o globos tuertos. Y cuando nos sepradimos, nos supimos distintos. Más nínfaros, más trómulos, más étoros. Más vacíos.
martes, 19 de octubre de 2010
Plásticos
Un hombre está sentado en una sala de espera y se aburre. Con los pies golpetea el suelo de cerámica; marca un ritmo. Entonces, un temblor y un ruido profundo. El hombre mira hacia abajo y ve que en medio del piso, con los pies acaba de formar un agujero. Al principio pequeño, luego cada vez más grande y hondo. El hombre está extrañado. Se rasca la cabeza pensando cómo es posible, y entonces, al mirarse las manos, encuentra entre las uñas muchísimos pelos. Todos los pelos. Marrones y cortos y finos y suyos. El hombre está pelado. Pestañea de asombro y de calvicie. Y en un solo batir se le caen las pestañas. A esta altura se le escapa un gritito de espanto, pero las cinco o seis personas sentadas junto a él ni se inmutan. Y no se entiende. El hombre agarra a la rubia que tiene al lado y le pianta un beso, con lengua y todo, a ver si así reacciona. Pero la mujer se le deshace entre los labios; se convierte en arena, tierra o baba. Y el hombre se mira otra vez las manos y ve cómo las uñas se le están desprendiendo una a una. Entonces siente que algo le crece en la boca, algo gigante: un árbol o un país. El hombre saca la lengua despacio y está llena de pelos, y lunares, y verrugas. Intenta hablar pero el vello se le mete por la garganta y le da arcadas. El hombre vomita, y de su boca sale una lluvia de hormigas y abejorros. Y en la sala, indiferencia. El hombre se acerca al viejo sentado en frente de la ventana y lo mira un rato. Fijo, a ver si lo incomoda. Pero el viejo no dice ni jota, así que el hombre le propina una patada en el estómago. El viejo no mueve un pelo pero sonríe y baja la mirada, y nuestro hombre nota con horror que tras la patada se le ha caído la pierna. Entera. Y de las dos, la más larga. Entonces una picazón molesta le invade el cuerpo. El hombre intenta sacarse la remera pero no puede porque no le pasa. Y es que le están creciendo dos tetas enormes, bien redonditas. El hombre está indignado. Se sienta, se saca el único zapato que le queda y se lo tira en la cara a la recepcionista. Ella lo mira pero no dice nada. El zapato le ha quedado incrustado en el medio del cachete. Él quiere decirle que es una falta de respeto y que así no se puede, pero los pelos le están creciendo hasta por la tráquea y ya deben medir cuatro o cinco centímetros. El hombre se saca el pantalón y con él pesca un mosquito y se lo come. En realidad querría pescar una nube, o lluvia, o una estrella. Pero de tanto esperar le ha dado hambre. La picazón es insoportable. El hombre intenta pararse pero olvida que una de las piernas ya no está y se tropieza. Entonces rueda, se contorsiona, y comienza a rascarse frenéticamente contra el suelo, a ver si así alivia un poco. Nuestro hombre, descuidado, cae por el agujero que él mismo ha abierto en el piso.
Va a parar directamente a otra silla, a otra sala. Aquí aún tiene pestañas y ya no está pelado, semidesnudo, ni cojo. Aunque todavía conserva las tetas.

