viernes, 4 de noviembre de 2011

nuestros surcos

Vamos pedaleando
contra el tiempo,
soltando amarras.


El murmullo de las moscas se pierde entre las paredes de esta casa inmensa y el beso dulce de mamá todavía me late en el cachete. La abuela desteje un naranjo en puntas de pie y mientras tanto me grita que suerte, que por favor andá con cuidado. La mermelada tibia hierve en la cocina y ya casi da ganas de volver. Pero papá espera en el portón, sentado a la sombra de un árbol frondoso, y las ruedas de mi bici dibujan medialunas en el pasto húmedo mientras me acerco despacito hasta él. Las rejas se abren con un quejido sutil y papá me mira los ojos tan abiertos y me dice tranquila, que pedalear es más o menos como caminar las nubes, como patinar por las cuerdas finas de un violín. Y entonces sí la calle de tierra y este miedo bobo, el terror del raspón en la rodilla y el barro en la boca. Un gorrión cierra las alas y descansa su vuelo urgente en la mitad del camino. Adelante papá dibuja surcos con las ruedas, y en sus huellas juego a leer mi cuento preferido. La malla mojada se me pegotea entre las piernas y mis ocho años de muñecas y libros viejos se me pierden entre los poros. Un roble abre las hojas y se sacude la noche fría. Un auto rojo se acerca a los tropezones y nos envuelve en un nubarrón de tierra mientras nos pide el paso. En la orilla del sendero el barro es más denso, los mosquitos bailan sobre el pasto y me muerden las piernas descubiertas. El sol arde en la nuca y una oruga verde y gigante se mezcla con la primavera. El sudor es una gota gorda y espesa que serpentea en mi espalda cuando pasamos esa casona linda e imponente que a mí me parece casi un castillo, y entonces le digo papi cuando sea grande me gustaría vivir acá. Entre las ramas de los arbustos bajos resuenan los gritos de una pileta llena de niños. Una comadreja caprichosa atraviesa la calle sin tocar bocina y se apresura a hundirse en las profundidades de un pozo oscuro. La sonrisa bigotuda de papá se da vuelta y desde lejos me señala una nube con forma de flor. Las lágrimas de un sauce me despiden mientras paso y con papá seguimos pedaleándonos, contándonos la vida, riéndonos de los tambaleos y las lomas de burro, con este olor a fruta madura que nos tiñe la alegría, con este verano tibio que se nos seca en el pelo. Y entonces la cabina amarilla, el cantar de las chicharras y unos metros después el puente, este puente de autopista, donde la tierra desaparece y las ruedas zumban cómodas acariciando el asfalto, y ahora él y yo somos más livianos, las bicicletas se deslizan con la suavidad de un trazo y empiezo a entender mejor esto de patinar sobre las nubes y los violines. Cuando estamos del otro lado sé que llegó el momento de pegar media vuelta, de cruzar otra vez el puente, con un hasta pronto que se me deshace en el paladar como esas pastillas ácidas que nos gustan tanto, y entonces de nuevo la cabina, la casona, la oruga que sigue quietita justo donde la dejé hace un instante, la tierra que me espolvorea los pies, que me mancha esta infancia de caramelo, y con confianza ahora me animo y pedaleo más rápido, siento el viento que me despeina las escamas. Le grito a papá que el que llega primero gana, y así el camino de vuelta siempre parece más corto, el perro del vecino nos corre algunos metros silbando contentura y nosotros nos reímos con ganas hasta que el portón nos frena en seco. Bajamos de las bicis y entre los dos empujamos, papá sonríe y me deja creer que sin mi fuerza no puede, sabemos que detrás de estas rejas nos espera el calor, la pileta y la mermelada de naranja, y mientras él me bordea los hombros en un abrazo que me parece una caricia del sol, los dos caminamos juntos hasta la casa donde ya nos esperan para el almuerzo, hasta este descansadero del mundo que es casi un nido, rincón de recreos donde por un rato no hay celular ni oficina ni cigarrillo y todos jugamos a ser los nenes que en realidad somos.

jueves, 13 de octubre de 2011

El sueño de Rafael


En el fondo, un enjambre de nubes sinuosas se funde con el gris, como el aviso tenue de una tormenta inevitable. Entre tanta tiniebla asoma apenas un hueco de blanco, una hendidura que a lo lejos se adivina de viento puro, de calma fresca. Las líneas de un castillo se perfilan contra la humedad del aire, sus paredes de piedra húmeda interrumpidas por mil ventanas que titilan encendidas, anunciando el insomnio que espera como agazapado en cada rincón de este pueblo de muerte. Recortadas contra las torres impenetrables, algunas casas bajas se acurrucan sobre el lecho del río. El agua parece haberse filtrado por las puertas abiertas, y uno no puede evitar imaginar el triste silencio del abandono, el tibio vaivén de las olas meciendo los muebles toscos, arrastrando en una corriente que casi es murmullo todo lo que entre esos muros todavía queda de vida. De una de las casas desciende hacia el río un sendero de tierra. Dos hombres hunden sus pies descalzos en ese barro espeso, lleno de cicatrices, surcado por las marcas de otros pies y de otra huida. Se enroscan en un ir y venir de golpes secos, defendiendo cada uno su tierra y su destino.

Sobre la suavidad del oleaje se bambolean dos barcas. Sus contornos débiles se confunden con el agua y con la misma noche, y uno casi puede escuchar la caricia áspera de los remos contra el río, el llanto contenido de los niños a bordo, la desesperación que arde en los rostros vacíos de estos nadies que escapan del fuego, que transpiran sangre mientras intentan llegar a la otra orilla, a algún borde donde no exista esta guerra, el olor perpetuo de la condena, de esta muerte maldita que pudre todos los sótanos y todos los huesos.

Y más cerca, algunos metros hacia la derecha, la explosión. Suena como un grito denso, un quejido en la madrugada, como si todos los poros de esta tierra perversa lloraran juntos la misma pena. La explosión lo sacude todo, el fuego siniestro gatea por los muros como buscando quemar el cielo, fundirse con esta noche tan anónima y tan cerrada. Un humo negro, impenetrable, arrastra el olor nauseabundo de los cuerpos chamuscados, de la carne quemándose viva en el fondo rojo de un grito, de los retazos de cabello arrancados de sus raíces, encendiéndose hasta no dejar más que algunas cenizas y un silencio profundo. El edificio entero está en llamas. Hombres y mujeres desnudos corren una huida que parece ya inútil, tropezando a cada paso con el rostro imperturbable de este horror inmundo. Sobre las llamas chillan palabras de aliento. Una hombre corre con su mujer agonizando sobre los hombros. Una madre ayuda a su niño a saltar. Todos intentan llegar al agua, por fin a ese remanso de paz efímera donde el fuego se apaga y queda sólo la nostalgia, el abatimiento que sobreviene con la pérdida.

Y aquí, mientras el incendio truena esta furia convulsa, dos mujeres retuercen la pereza blanda de una tarde cualquiera. Desnudas, curvadas por el placer que compartieron hace apenas un instante, jadean sobre la tersura de un manto que ellas mismas han tendido sobre la tierra y que parece separarlas de todo. En silencio relamen el recuerdo de una caricia, de un beso en la boca, mientras el calor las hunde en un sueño del que quizás no vuelvan a despertar.


domingo, 4 de septiembre de 2011

Necrópolis

Y entonces, desde alguna concavidad del globo, desde algún rincón de esta agonía borracha, alguien beberá de esa copa todas las ideas.

Ese hombre, gigante ardido de garras, será la higuera donde caducarán todos juntos los fuegos y los insomnios. Se tragará una a una las espinas. Con sed de ahogado masticará estrellas hasta sentir brotar el polen, y entonces sí lamerá las heridas abiertas, las arterias de los cantores desgajados por el río.

Lo sabremos enseguida. Despertaremos esa mañana con el paladar vacío. Un sinsabor de lata usada nos rasgará las encías, sangrando saliva seca en nuestras bocas ahora mudas. Donde antes había lengua apenas quedará la sinuosidad de un agujero.

Ese hombre desayunará nuestras palabras y nos dejará solos. Condenados a carcomer los bordes del tiempo, a intentar atrapar el crepúsculo en un reloj de arena. Ese hombre le morderá a la poesía el talón izquierdo, y de un sorbo nos cortará todas las alas, y todas las venas, y todo el viento limpio. Y nos dejará así, desinflándonos a la orilla de una branquia, como peces rascados de sarna y tanta pena. La muerte será lenta. Apenas un lánguido vaciarse de ganas, un naufragar de las historias que navegan nuestros nervios.

Ese hombre hinchará su estómago con la pulpa de nuestra liviandad. Caminará nuestras vértebras inflándose como un hipopótamo engreído. Pero justo entonces, cuando la ambición viscosa le empaste la sonrisa y la fiebre, ese hombre estallará en un vómito convulso. Las letras y las acuarelas le volarán una a una las costuras. Ese hombre morirá al instante. Y no dejará tras de sí más que un cúmulo de carnes blandas; quizás el hedor de un último aliento, un cementerio estéril de artistas. Y un silencio.

martes, 5 de julio de 2011

Aspirando oliverios

De una trompa de falopio, desde la última habitación de la torre infinita de esa vagina de muela y de acero, le brotó de repente una sombra. Una sombra de prostituta amarilla o de rana reventada, una sombra que se le salió entre las piernas como avispada por un ejército de policías de un solo ojo, una sombra con cuchillo lista para arrancar todos los roces y los tendones. Con los pies todavía ásperos de caminar sexo contra las piedras y la nariz moqueando el semen podrido de algún perro medio loco, ella cerró bien fuerte las piernas y así se tragó todos los días y los fantasmas.

Le estallaron dentro como una multitud de payasos perversos, un avemaría en el tarareo de una gaseosa ya tibia. Y cuando todas las penas y todas las pulgas que durante tantos viernes habían quedado escondidas en el baúl del cielo le empezaron a crecer entre los ojos como la hierba tosca del mismísimo infierno, ella no se sorprendió, más bien se arrancó el pelo veloz como las sirenas o los aviones de guerra listos ya para vomitar la bomba. Y entre eso que se dice dientes pero en realidad no es más que una fila de edificios arrugados sobre una vereda sin tiempo, entre esos dientes sucios y de halcón mal afilado a ella se le escapó una sonrisa como teñida de amapola, de espina en la espalda o de escalera caracol, una sonrisa que según dicen le cortó ahí mismo al mundo todas las venas.

Y mientras el universo entero llovía la sangre, mientras los hombres y los pelícanos se colgaban de los balcones y de las piletas de natación, mientras las ratas carcomían vacas muertas a la orilla de la ruta y las cucarachas emergían todas juntas de las tumbas para dar por fin el golpe, así, mientras el mundo patinaba como una naranja exprimida que aplastada por el ogro escupe hasta la última semilla, así abrió ella bien grandes las vaginas, las que guardaba en las axilas, las que se trenzaban en el vello de las piernas, todas y cada una de las que le habían brotado entre los dedos de los pies durante tantos años y tanto pis y tanto flujo mal traído, todas las vaginas se abrieron juntas como la boca fértil del lobo, hasta vaciarse de broncas y de telarañas caducas.

Y allí se instalaron los que sobrevivieron al derrumbe, en los huecos de esa mujer enorme y caliente y hecha toda de savia rabiosa. Sus vulvas fueron vientre, hogar repleto de larvas que pronto se llenaron de pelos y de penes y de nueces. Y entonces, ni de una costilla ni de una manzana ni de la explosión de la onceava partícula de la locomotora del a-de-ene, sino más bien de la ternura de esa mujer tan llena de agujeros y de peces nacieron los nuevos hombres, los pobres tipos que cada tanto y si se animan abren los labios sellados de esa gran vagina madre y me golpean la puerta para pedirme un calmante, o aunque sea una tacita de café.

domingo, 5 de junio de 2011

tu pelo y después

Y te trenzás el pelo como una nena de jardín, tus dedos blandos caminando arroyos de agua dócil, tus dedos tiernos cosiendo la trenza que ya te llega por la cintura y que no deja de crecer, y entonces sutil desde el rincón una voz deliciosa, una voz bien rica y de mamá que te dice mi tesoro, que te cuenta que en tu pelo germinan cada noche las luciérnagas, que en tu pelo de sirena navegan piratas tuertos embriagados por la sed de tierra nueva, que tu pelo negrísimo es orilla donde florecen príncipes de traje pulcro y caballo azul, y vos peinás con dedos finos las raíces de tu pelo espeso, tu pelo ya de mujer roja, de mujer fuego, tu pelo empapado de tanto ritmo y de tanta piel, de mil nudos que se vuelcan furiosos sobre la concavidad de alguna espalda, tu pelo de selva cruda donde naufragan los crepúsculos, y ahora con dedos frágiles acariciás las puntas de tu pelo apenas regado de luna, tu pelo raído por los dedos del tiempo, sucio de tanto hundirse en la tierra, de tanto bailar el océano a los gritos, tu pelo enmarañado de otoño y de sexo, enredado por las venas y por los hijos, tu pelo reseco de llorar sangre, de llorar leche, de llorar siempre tantas ganas, tu pelo descolorido de colorear tristeza, de tanto abrir el pecho y derramar el tinte puro, tu pelo de abuela, de reina plateada, tu pelo casi muerto de haber peinado tanta vida, tu pelo grueso que te abriga los hombros, que te llueve en el pecho, tu pelo que bordea las piernas ajadas, que se enrosca en los pies gastados de tanto cielo, tu pelo que te envuelve como una tormenta de hebras tibias y te trenza, tu pelo que en una ola blanca te cierra los ojos y te convierte en un último palpitar sutil en el corazón de un capullo.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Marumba

Marumba queda a tres pasos del sol. Para llegar no se necesita más que un globo, un piolín y una barra de chocolate.

Lo primero que usted debe hacer es inflar el globo. Sople con todas sus fuerzas durante unos cuantos minutos, hasta formar una bola de aire gigantesca y bien turgente. Hecho esto, diríjase lo antes posible hacia un parque, un balcón o cualquier lugar a cielo abierto. Evite que el globo se le escape por los aires anudándolo con el piolín (cuyo grosor dependerá de su masa corporal, desde luego). Enrosque entonces el piolín alrededor de su cintura y asegúrelo con un nudo inquebrantable.

Observará que poco a poco sus pies se elevarán del suelo. No pierda la calma. Simplemente respire profundo y disfrute de la vista a medida que asciende. Una vez que las casas hayan tomado a sus ojos el tamaño de un sacapuntas, y sólo entonces, extraiga la barra de chocolate de su bolsillo y dedique los siguientes minutos a ingerirla de a bocados pequeños. Utilice según su preferencia chocolate blanco, negro, con caramelo, o con almendras. A los fines del viaje resulta indistinto.

Terminado el chocolate, se sentirá de pronto muy cansado. No se preocupe por los pájaros ni por las tormentas y duérmase una siesta. Es todo. Cuando despierte, habrá llegado a destino. Notará entonces la metamorfosis. No tema. Su cuerpo entero estará tallado en cacao.

Y es que Marumba es un pueblo tropical habitado por hombres y mujeres de chocolate. Tierra de abundancia, de sexo y de candombe. El sol está tan cerca que enciende cada centímetro de la piel, y los habitantes de Marumba son chispa. Los tambores nunca dejan de sonar, las mujeres bambolean caderas infinitas y pechos rellenos de dulce de leche, los niños se retuercen de risa mientras corretean a la orilla del río.

Ahora bien, en el improbable pero plausible caso de que usted deseara abandonar Marumba, no tiene más que buscar su viejo globo y, con el piolín, repetir el procedimiento tal como ha sido explicado anteriormente. La única diferencia consistirá, es evidente, en que en el bolsillo deberá usted guardar una barrita de cuerpo humano. Utilice según su preferencia hígado, lengua, ojo o estómago. A los fines del viaje resulta indistinto.

viernes, 15 de abril de 2011

para Fran

cordón de plumas amarrado en la garganta
lo que queda de tibio cuando sobra respirar
como un globo de jabón o una tiza triturada
mis letras de rocío grabadas en tu espalda
amanecer con el vientre garabateado de azules
hinchar la panza blanda y bostezarte mi calor
espejar todas las dudas
y dilatar los poros
la boca
el abrazo
como pelo empapado de escarcha
como flor arrancada en el portal
abrir el pecho
arrancar entrañas
y con el corazón entre los dientes
enterrar un árbol
un viento de peces que te vuele la espera
un pétalo sabroso en tu pulpa de lengua
enredadera de curvas nuevas
piernas sutiles tejidas en la almohada
torres de cerveza creciendo en el balcón
poema de viento
clavado en la cintura
y trapecios de papel
para hamacar un rato al sol
ser aire de tormenta que brota con la sed
ser mano mojada de tanto nervio y de tanta piel
ser puerta entornada que filtra un recuerdo
y pulsos como serpentinas
destilando sudor viejo
rasgar de alas contra el vidrio
oscuridad que nos encierra
como jaula de bambú
y morir de a dos
a la orilla del colchón
en el borde del grito
voces que enmudecen el tiempo
jazmín de lluvia germinando entre las piernas
y nadar el cielo
lamer el conjuro y renacer mujer barro
embarrar lo impoluto
con el sexo entre los dedos
roer el último prejuicio
dejarse llevar
dejarse llorar

lunes, 11 de abril de 2011

Sobras

A la muerte le faltan dientes para desgarrar el recuerdo. Banderas descoloridas por el hambre, ojos cegados de tanto cielo, boca que muerde una vez más la humedad tibia del grito, la tersura del grito rojo atravesado en la garganta, boca que aprieta cada vez más fuerte, como amarrando con los dientes un conejo muerto o un último grano de libertad. Pies gastados de trinchera, de carta velada, de calle vacía, pies perdidos en una ciudad que mira siempre para el otro lado, pies vencidos que se entumecen con el recuerdo del frío en una semilla de viento. A la muerte le falta el casco, y el arma, y el cuerpo. Las noches en vela lamiendo heridas a la orilla de un recuerdo, tejiendo en las nubes un cuerpo desnudo y una cama blanda, las botas mojadas, la espalda hecha piedra, la almohada de barro que dibuja un abrazo, una ducha tibia, una taza de sopa. Los ojos tumbados para no ver las bombas, la mano del compañero frotándote una chispa de calor, y entonces el chiste vacío, la sonrisa de humo, las lágrimas clavadas entre los párpados rotos, la foto deshilachada que se pudre en el bolsillo, cada vez más blanca, cada vez más lejos. A la muerte siempre le faltará más muerte. La mano que tiembla y aprieta el gatillo, el cuerpo desplomado sobre un surco de escarcha, la inocencia atrofiada en el borde de un pulmón, las ganas perpetuas de llorar sangre, de llorar culpa, de llorar viento que te empuje al otro lado del mar. Y entonces los aviones, serpientes del aire, anguilas de hielo, el monumento absurdo, la mentira evidente, la angustia tímida pegada al televisor, y los barcos que se hunden, las cabezas flotando, los cuerpos hinchados de tanta agua y de tanta sed, los cuerpos robados de sus nidos de savia, los cuerpos envejecidos tan de repente, arrastrados por la ola, el fusil y la espuma germinando laureles, los cuerpos que yacen alineados y prolijos y tan brotados de ausencia. Y es que a la muerte le sobran las vidas. En sus bolsillos de musgo negro colecciona pelos, relojes, billetes. Islas enteras. A la muerte, ladrona, siempre le faltarán más guerras.

lunes, 28 de marzo de 2011

que viene el cuco


despertar patas arriba en un puente de cristal
despertar de arañas rotas enredadas en los dientes
despertar una vez más el conjuro de la ausencia
y bailar despertando submarinos de frambuesa
despertar con las manos ardiendo tierra roja
desvelar al mar
llorando a los gritos
despertar insomnio de cuencas raídas
revolear cajones
que despierten las ratas
desperezarse de agendas y despertar el latir
despertar con la caricia vibrando entre las alas
abrirse por fin a los brazos del cielo
despertar cachetadas al oído de los necios
arrancarle al sueño una gota de polen
vaciarse la sed zarandeando carnaval
descoser despertando los hilos que te arman
que despierten todos juntos los abriles en tu trazo
y despertemos los dos de espaldas
volcados sobre la luna
despertar con los pies nadados de peces
despertar con el musgo brotando en la boca
bucear bosques despiertos
hasta arrugar los bolsillos del sol
amanecer desnuda en la punta de una estrella
despertar con el crujir de un molusco de papel
con el pelo encendido despertar mujer fuego
despertar silencio
mamando árbol negro
con las venas al viento despertar la tormenta
destilar la memoria para no despertar
ser pétalo marchito en la tráquea del lobo
ser miga de crepúsculo mordida en el maizal
despertar con la daga hundida entre las piernas
despertar garabato
tragedia reseca
y vivir despertando a intervalos de pluma
despertar una mañana en el cuarto estómago de una vaca
en el corazón de una amapola cruda
en la lágrima muerta de un pincel
la vigilia ardiendo sesos
y de tan despierto
ser nada



sábado, 19 de febrero de 2011

Catáfilas

Deshojé cebollas hasta marchitar los párpados hasta vaciar las cuencas hasta partir los ojos en mil pupilas verdes lloré cebollas para regar las plantas y llover las plazas y beber los ríos de agua turbia partí mi cuerpo para regalar dedos caminar sexos compartir sangre con los muertos y los viejos y los reyes de piel azul abrí los pulmones y por la ventana tiré mis soplos alimento para caminantes y palomas tristes para que de mi aire se hinchen y vuelen alto al cielo como globos de papel rojo o avionetas de champú y con un solo golpe arranqué mi nariz de loba y bañé los semáforos y las calles con fragancias de miel oscura y los nervios y las lombrices brotaron todos juntos por el ombligo abierto entonces quise vomitar mi estómago y tirárselo a los perros y con un tramontina corté mi lengua en siete y en sobres perfumados repartí mis palabras para que nunca dejes de escucharme vibrar arranqué mis dientes para enhebrar collares que adornarán el cuello fino de las mujeres de peinado alto y con mi pelo tejí abrigos que se venderán por catálogos en peluquerías y sitios de internet salté las uñas de a una arranqué las pestañas las orejas los tendones desenterré los músculos con los que se fabricará el jabón que algún día lavará el mundo y desgajé mi corazón en cien latidos entre los ventrículos vi sangrar las espinas germinar las penas los poros los besos un océano de pétalos vivos entre las manos y soplarlos por el balcón verlos caer en el viento verlos morir bajo los autos bajo esas ruedas bobas y las botas negras siempre marchando y entonces temblar sobre la alfombra dejarse caer tan blanda sobre la alfombra sucia y saber que cuando mañana lleguen aquí lo único que encontrarán serán mis bocas y que cuidadosamente las envolverán en una servilleta usada para tirarlas en el tacho al salir.

martes, 15 de febrero de 2011

puerta es rectángulo

puerta es rectángulo
retazo de madera ajada
un ceder sutil en la humedad del crujido

puerta es muro que separa en un golpe seco
susurros y latidos y cuadernos de madrugada
puerta es mano temblorosa que duda en el umbral
que rasca despacito la madera del olvido

puerta es línea que dibuja los límites de ayer
fin del mundo o del juego
peces descoloridos secándose en el borde
puerta es siempre incertidumbre al otro lado
vacío o mil cuervos
cataratas de bilis de un sueño intranquilo
puerta es lo desconocido que chorrea por la frente
sudor nervioso y celda del dormir

puerta es suelo vertical en las piruetas del amante
respiración confusa que empaña tus ojos
una chispa antes del beso

puerta y se me eriza la nuca
porque puerta es adiós y hasta nunca ya de noche
es despedida de manos nostálgicas
ojos mojados de tanto atardecer

puerta separa lo que puedo y lo que no debo
puerta es reja por donde nunca pasa el sol
aviso de soledad y cartas en blanco
puerta y las pestañas sucias de tanto arder
nido de piernas amputadas
puerta amarra las alas del que sueña

puerta es fin pero también principio
porque la puerta se rompe a patadas
se cascotea hasta el cansancio para poder entrar
y entonces puerta es puerto
vientre maduro de espera
orilla de llegada y taza caliente
puerta es arroyo donde los barcos amarran
suspiro de alivio y abrazo del mar

puerta es menos mal que volviste anudado en la garganta
caricia de luz en la habitación a oscuras
el cuerpo raído deslizándose entre las sábanas
puerta es la mano que patina por mi espalda
nuestro refugio
la barrera contra el frío

puerta es la noche que se nos cae encima
tu boca mordiendo estrellas
mi pelo enredándose con la luna
puerta es lo que queda
cuando desaparecemos del todo

jueves, 20 de enero de 2011

Otoño

Las arrugas se le desdibujaron una tarde de abril. Un viento con olor a nuevo las borró de un soplo y él no pudo más que festejar. Tenía ahora la piel suave y lisa de quien acaba de llegar al mundo, y se sentía ochenta y cinco años más liviano. Más limpio. Pero las arrugas no se habían marchado solas. No. Cada arruga era en realidad la huella de un beso. Y en cada pliegue dormía el olor del pasto recién cortado, el calor de un dedo en el ombligo, el gusto a mar de labios ajenos y tan rojos. Cada surco escondía cartas y primaveras; fotos descoloridas, pies enroscados y el ventanal.

Unos días más tarde, comprendió. La idea viscosa le trepó por la garganta. Quiso vomitar de vértigo o de miedo. No pudo. La arcada no fue más que eso. Adentro, no quedaba nada.




texto felizmente publicado en BLA :)

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Manualidades

Las manos de Juana tienen el olor triste de la arcilla reseca, el sabor tibio del puchero fangoso que hierve entre inviernos crueles, la tersura de un manto de abuelas o de vientres cálidos. Las manos de Juana están ajadas de tanto frío y de tanto arar, rotas de tanto cultivar tubérculos e ilusiones, y entre las grietas esconden los restos de recuerdos vivos, el gusto a chupetín de cereza en la carcajada del niño, los deditos encendidos que señalan el cielo. Las manos de Juana huelen siempre a pulpa de durazno, a tierra húmeda, a lana de oveja. Saben a arrorró de madrugada, a curita en la rodilla, a caricia entre sábanas perfumadas.

Las manos de Juana no dejan nunca de parir primaveras, de amasar barros, de tejer margaritas. No descansan, ni siquiera cuando Juana duerme. Trenzan en el aire banderas y caracoles, enhebran hilos de lluvia que cosen almohadas que cosen sueños con gustito a rouge. Las manos de Juana no dejan nunca de moverse, de apretar montañas, de ensayar formas, de esculpir pinceles y de mojarlos en gris.

Y cuando todo el pueblo duerme, Juana y sus manos salen corriendo al jardín y trepan la escalera de dos en dos, tarareando alguna canción de la infancia, con la picardía en el rostro descolorido y el pincel bien aferrado entre los dedos. Entonces Juana llega al cielo y se cuelga de una estrella. Desde allí pasará la noche entera pintando las nubes, amasándolas entre caricias vivas. Y a la mañana siguiente los niños se levantarán para ir al colegio, y al recibir el primer cachetazo del viento descubrirán un conejo blanco y simpático que desde las alturas les arrancará un grito de sorpresa, y entonces por esta vez el camino hacia la escuela sí será divertido, inundado de formas nuevas y chillidos de azúcar, y los niños pasarán por delante de esa casa venida a menos sin siquiera preguntarse quién vive allí dentro, sin siquiera asomarse a susurrar un gracias, y a las manos de Juana no les importará pues bastará con escuchar las sonrisas que por la ventana se cuelan con el viento para cerrar los ojos y entonces sí, por fin, dormir.



lunes, 6 de diciembre de 2010

Libre de humo

Usted sale de su casa con gustito a beso de buen día pero llegando a la esquina esa sensación de ausencia rota le empasta una vez más la garganta entonces usted piensa qué más da y durante apenas un instante puede ver los ojos de su hija enormes y azules y empapados de puchero que le dicen no papá me prometiste que dejabas y a usted se le llena el alma de ladrillos pero las ganas son tan perversas y tan cuchillos y tan no puedo que usted acaba buceando en su bolsillo izquierdo hasta dar con el cigarro que busca y entonces se esconde en la cabina de teléfono no sea cosa que algún vecino pueda verlo al pasar y mientras la fragancia negra penetra cada centímetro del cuerpo agrietado y seco usted llora en silencio porque sabe que guarda un monstruo en el placard que guarda un monstruo en las entrañas y usted quiere pero no puede y entonces inhala con furia inhala con ardor como si cada centímetro de mugre nueva fuera un beso de mujer blanda y ahora usted está haciendo el amor con su cigarrillo sintiéndolo vibrar entre los dedos tan sumiso y tan tibio y ya no piensa en su mujer ni en su hija ni en el placard del dormitorio sólo piensa en el cuerpo tímido que apenas roza con la yema de los dedos en ese vaivén de perfume viejo en los pulmones y usted se sienta en el suelo de la cabina mientras el humo carcome las paredes de cristal mientras la culpa sucia empaña los vidrios y usted termina su cigarrillo así agazapado escondido de la vergüenza tuerta que lo espera ansiosa en la vereda de enfrente y usted se pone ahora de pie y maldice por lo bajo mientras tira la colilla y la aplasta con el zapato la observa tan frágil y retorcida y entonces mira su mano derecha su mano fumadora de la que el dedo índice se desprende completo se consume ante su mirada boba se convierte en polvo o en tierra desgarrada y entonces usted observa que a los demás dedos les ocurre lo mismo que usted ha perdido todos los dedos todas las ganas todo el aire limpio que usted se ha traicionado que no merece tener dedos ni manos ni brazos que su cuerpo entero se deshace ahora en cenizas frías se consume como su cigarro como sus mentiras de lija y usted ya no tiene manos que acaricien el cuerpo desnudo de su mujer sobre la alfombra ya no tiene piernas que lleven a su hija a pasear los domingos por la tarde ya no tiene ojos que se pierdan entre los robles de la plaza usted se deshace se fuma despacio doliéndose la pena y mientras sus labios se disuelven usted piensa que ya nunca más dirá te quiero y se le queman las pestañas el traje los zapatos y usted simplemente se desvanece agazapado en la cabina hasta ser todo polvo todo nada un montoncito de cenizas grisáceas junto a una colilla aplastada.

jueves, 18 de noviembre de 2010

De trólupos y lilares

Pompoleaba la avenida como un tonto cuando desde un fralelí amarillo asomaron los labios tibios de un trólupo que me invitó a crejir con él. Crejí nomás me dijo encantado, y entre sus dientes sucios voló una marinube. Y como éstas cosas no ocurren a menudo, es decir, no es corriente que un trólupo lo intercepte a uno así sin más en una tarde tan níbrea, le dije yo que sí que dale y juntos crejimos entre los lilares como dos desvergonzados. Los plombos que pasaban no dejaban de trovarnos, con drijos negros nos gurjían insultos de papel. Pero mi trólupo elelía carcajadas de lluvia y narandeaba entre los pétalos como un pliño de jardín. Y mis ojos ya descalzos parían margavientos, y entre mis crápulas brotaban milmelos de algodón. Y las liembres frescas zumbaban tangüentos de vino azul, y mi trólupo crejía cada vez más fuerte, con ese mombar de cosquillas en los dedos fruncos, esas ganas rotas de trinflar la vida en un pulmón. Y si algún plombo escrupitaba un improperio, entonces nos bajábamos los blónutos y le enseñábamos las nérgramas hasta que el muy desdichado huía como un cobarde. Y detrás del fralelí fueron pasando así las trunias, hasta que nuestros cuerpos atroviados se cansaron de crejir. Entonces nos frundimos en un brezno de lágrimas, y ya no elelimos. Y cuando nadie nos vio nos juncardiamos como dos plátaros tristes y así nos quedamos, inmólives, mojándonos de a sorbos fresios, panetrándonos los besos entre liembres y milmelos. Nos desinflamos como peces o globos tuertos. Y cuando nos sepradimos, nos supimos distintos. Más nínfaros, más trómulos, más étoros. Más vacíos.

martes, 19 de octubre de 2010

Plásticos

Un hombre está sentado en una sala de espera y se aburre. Con los pies golpetea el suelo de cerámica; marca un ritmo. Entonces, un temblor y un ruido profundo. El hombre mira hacia abajo y ve que en medio del piso, con los pies acaba de formar un agujero. Al principio pequeño, luego cada vez más grande y hondo. El hombre está extrañado. Se rasca la cabeza pensando cómo es posible, y entonces, al mirarse las manos, encuentra entre las uñas muchísimos pelos. Todos los pelos. Marrones y cortos y finos y suyos. El hombre está pelado. Pestañea de asombro y de calvicie. Y en un solo batir se le caen las pestañas. A esta altura se le escapa un gritito de espanto, pero las cinco o seis personas sentadas junto a él ni se inmutan. Y no se entiende. El hombre agarra a la rubia que tiene al lado y le pianta un beso, con lengua y todo, a ver si así reacciona. Pero la mujer se le deshace entre los labios; se convierte en arena, tierra o baba. Y el hombre se mira otra vez las manos y ve cómo las uñas se le están desprendiendo una a una. Entonces siente que algo le crece en la boca, algo gigante: un árbol o un país. El hombre saca la lengua despacio y está llena de pelos, y lunares, y verrugas. Intenta hablar pero el vello se le mete por la garganta y le da arcadas. El hombre vomita, y de su boca sale una lluvia de hormigas y abejorros. Y en la sala, indiferencia. El hombre se acerca al viejo sentado en frente de la ventana y lo mira un rato. Fijo, a ver si lo incomoda. Pero el viejo no dice ni jota, así que el hombre le propina una patada en el estómago. El viejo no mueve un pelo pero sonríe y baja la mirada, y nuestro hombre nota con horror que tras la patada se le ha caído la pierna. Entera. Y de las dos, la más larga. Entonces una picazón molesta le invade el cuerpo. El hombre intenta sacarse la remera pero no puede porque no le pasa. Y es que le están creciendo dos tetas enormes, bien redonditas. El hombre está indignado. Se sienta, se saca el único zapato que le queda y se lo tira en la cara a la recepcionista. Ella lo mira pero no dice nada. El zapato le ha quedado incrustado en el medio del cachete. Él quiere decirle que es una falta de respeto y que así no se puede, pero los pelos le están creciendo hasta por la tráquea y ya deben medir cuatro o cinco centímetros. El hombre se saca el pantalón y con él pesca un mosquito y se lo come. En realidad querría pescar una nube, o lluvia, o una estrella. Pero de tanto esperar le ha dado hambre. La picazón es insoportable. El hombre intenta pararse pero olvida que una de las piernas ya no está y se tropieza. Entonces rueda, se contorsiona, y comienza a rascarse frenéticamente contra el suelo, a ver si así alivia un poco. Nuestro hombre, descuidado, cae por el agujero que él mismo ha abierto en el piso.

Va a parar directamente a otra silla, a otra sala. Aquí aún tiene pestañas y ya no está pelado, semidesnudo, ni cojo. Aunque todavía conserva las tetas.

martes, 28 de septiembre de 2010

Despeinado

Despertar y veinte abejas verdes que te traen galletitas con gusto a río o a jazmín los pájaros en el colchón abren las alas y entre las plumas la mermelada tibia se pegotea con tus manos de estrella y plastilina las arvejas se escapan del cajón de las bombachas el olor a sueño y a tostada estira los pies y entre los dedos mariposas de panqueque y abuelas blandas que tejen canciones en tronos de oro blanco y los rulos son persianas de guirnalda tres almendras bailan tangos de papel y te desperezás entre almohadones de manteca tu lengua de luciérnagas que dice buen día se te ensancha la espalda y las ovejas patinan autopistas de arcoiris las gotas tiñen azucenas y el cepillo para qué si sos más lindo despeinado con esa oruga de queso jugueteando en tu sonrisa la acuarela entre los dientes la tormenta de tomates disfrazados de leones si te pica rascate y que bailen las avispas porque hoy te levantaste con la luna en el ombligo.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Printemps

Imaginarla, desnuda y violeta, enredada en un océano de pasto y de calor. Sonreír y acercarse, hasta apenas rozarle los labios. Saberla vibrar bajo el vestido, tibia, como invitando a seguir. Y entonces bucear en la infinidad del pelo oscuro y detenerse en el cuello frágil: sentir el latir de la piel humedeciendo el abrazo.

Imprimirle un beso blando, los labios aprendiéndose, masticándose con ternura. Las respiraciones confusas y las lenguas tímidas, jugueteando entre los dientes, enmarañándose entre caricias vivas. El aire pesado y el vaivén de miradas viscosas; los ojos negros llenos de rocío. Y posar entonces la mano en la espalda. Dejar que los dedos recorran cada vértebra de esa espalda interminable y descubierta. Dar con el cierre y bajarlo despacio, descubriéndola, deshojándola entre labios, y brazos, y alientos.

Y mirarla así, tan llena de formas nuevas, una fruta madura y perfecta tendida sobre la alfombra. La piel firme, los párpados bajos, las piernas que envuelven. Recorrerla entera. Sentir las caderas fuertes, el olor a naranja, los pezones de azúcar. Besarla en la boca y resbalar. Probarla; hundirse por fin en el sabor a jabón y a silencio, disfrutarla de a bocados pequeños, mordiéndola apenas, sintiéndola temblar bajo los labios. La cosquilla entre las piernas, intensa. Perderse en cada hueco, ya irrefrenable, dejando brotar el impulso, las ganas de devorarla, de desgastarla hasta dejarla rota. Apretarla contra la alfombra, ella tan mansa y tan mojada, dejándose hacer, mirándote con ojos grandes y abiertos y empapados de mermelada. Y entonces quebrarla. Irrumpirla mil veces, insaciable, su respirar húmedo empañando tu oreja. Enredarse en un nudo de pelo y abrazo y gemir, las pieles erizadas, las uñas en la espalda, el cuerpo entero estremeciéndose hasta estallar, cosquilla infinita, mente en blanco, sol.

Sostenerla, liviana, como un pétalo en el viento.




viernes, 10 de septiembre de 2010

Deshojas

El otoño no terminó nunca. Pasaron los julios y los septiembres. Uno a uno se desplumaron los calendarios, pero el invierno no llegó, y la primavera tampoco.

Las primeras en caerse fueron las hojas. El viento frío las barrió de un bostezo. Inundaron las veredas y las plazas, y cuando ya no quedó una sola hoja en pie, entonces comenzaron a caerse las flores, y luego las ramas, y luego los troncos. La ciudad se vació de verdes, pero el viento no se detuvo. Se derrumbaron postes de luz, semáforos y aires acondicionados. Se cayeron monumentos, antenas y cables de teléfono. Calesitas y quioscos enteros se vinieron abajo. Y cuando los ciudadanos creyeron que ya nada más podía caerse, entonces se derrumbaron las paredes, y luego los toldos, y luego los techos. Y uno caminaba por la calle y un balcón se le desplomaba en las narices, y las barreras de los trenes partían autos por la mitad, y cada cuatro o cinco días algún desafortunado moría enterrado bajo el peso de mil ladrillos.

Ante tanta tragedia, los caminantes reaccionaron. El otoño sin fin los obligó a dejar de mirar baldosas. Forzados por las circunstancias, aprendieron a mirar el cielo.

jueves, 12 de agosto de 2010

Icaria

Apretaste la tijera entre los dedos y cortaste un pedacito de cielo, el más azul que encontraste. Todavía olía a lluvia. Tomaste el tallo de una flor, le enroscaste la punta y lo convertiste en aguja. Y entonces sonreíste, tu sonrisa perfecta y tan llena de pétalos acariciando tu comisura tibia, y enhebraste la nube naranja que guardabas en el cajón del medio.

Querías tejer una bufanda: sentir el abrazo del Sol alrededor del cuello.