
viernes, 15 de abril de 2011

lunes, 11 de abril de 2011
Sobras
A la muerte le faltan dientes para desgarrar el recuerdo. Banderas descoloridas por el hambre, ojos cegados de tanto cielo, boca que muerde una vez más la humedad tibia del grito, la tersura del grito rojo atravesado en la garganta, boca que aprieta cada vez más fuerte, como amarrando con los dientes un conejo muerto o un último grano de libertad. Pies gastados de trinchera, de carta velada, de calle vacía, pies perdidos en una ciudad que mira siempre para el otro lado, pies vencidos que se entumecen con el recuerdo del frío en una semilla de viento. A la muerte le falta el casco, y el arma, y el cuerpo. Las noches en vela lamiendo heridas a la orilla de un recuerdo, tejiendo en las nubes un cuerpo desnudo y una cama blanda, las botas mojadas, la espalda hecha piedra, la almohada de barro que dibuja un abrazo, una ducha tibia, una taza de sopa. Los ojos tumbados para no ver las bombas, la mano del compañero frotándote una chispa de calor, y entonces el chiste vacío, la sonrisa de humo, las lágrimas clavadas entre los párpados rotos, la foto deshilachada que se pudre en el bolsillo, cada vez más blanca, cada vez más lejos. A la muerte siempre le faltará más muerte. La mano que tiembla y aprieta el gatillo, el cuerpo desplomado sobre un surco de escarcha, la inocencia atrofiada en el borde de un pulmón, las ganas perpetuas de llorar sangre, de llorar culpa, de llorar viento que te empuje al otro lado del mar. Y entonces los aviones, serpientes del aire, anguilas de hielo, el monumento absurdo, la mentira evidente, la angustia tímida pegada al televisor, y los barcos que se hunden, las cabezas flotando, los cuerpos hinchados de tanta agua y de tanta sed, los cuerpos robados de sus nidos de savia, los cuerpos envejecidos tan de repente, arrastrados por la ola, el fusil y la espuma germinando laureles, los cuerpos que yacen alineados y prolijos y tan brotados de ausencia. Y es que a la muerte le sobran las vidas. En sus bolsillos de musgo negro colecciona pelos, relojes, billetes. Islas enteras. A la muerte, ladrona, siempre le faltarán más guerras.
lunes, 28 de marzo de 2011
que viene el cuco

sábado, 19 de febrero de 2011
Catáfilas
Deshojé cebollas hasta marchitar los párpados hasta vaciar las cuencas hasta partir los ojos en mil pupilas verdes lloré cebollas para regar las plantas y llover las plazas y beber los ríos de agua turbia partí mi cuerpo para regalar dedos caminar sexos compartir sangre con los muertos y los viejos y los reyes de piel azul abrí los pulmones y por la ventana tiré mis soplos alimento para caminantes y palomas tristes para que de mi aire se hinchen y vuelen alto al cielo como globos de papel rojo o avionetas de champú y con un solo golpe arranqué mi nariz de loba y bañé los semáforos y las calles con fragancias de miel oscura y los nervios y las lombrices brotaron todos juntos por el ombligo abierto entonces quise vomitar mi estómago y tirárselo a los perros y con un tramontina corté mi lengua en siete y en sobres perfumados repartí mis palabras para que nunca dejes de escucharme vibrar arranqué mis dientes para enhebrar collares que adornarán el cuello fino de las mujeres de peinado alto y con mi pelo tejí abrigos que se venderán por catálogos en peluquerías y sitios de internet salté las uñas de a una arranqué las pestañas las orejas los tendones desenterré los músculos con los que se fabricará el jabón que algún día lavará el mundo y desgajé mi corazón en cien latidos entre los ventrículos vi sangrar las espinas germinar las penas los poros los besos un océano de pétalos vivos entre las manos y soplarlos por el balcón verlos caer en el viento verlos morir bajo los autos bajo esas ruedas bobas y las botas negras siempre marchando y entonces temblar sobre la alfombra dejarse caer tan blanda sobre la alfombra sucia y saber que cuando mañana lleguen aquí lo único que encontrarán serán mis bocas y que cuidadosamente las envolverán en una servilleta usada para tirarlas en el tacho al salir.
martes, 15 de febrero de 2011
puerta es rectángulo
jueves, 20 de enero de 2011
Otoño
Las arrugas se le desdibujaron una tarde de abril. Un viento con olor a nuevo las borró de un soplo y él no pudo más que festejar. Tenía ahora la piel suave y lisa de quien acaba de llegar al mundo, y se sentía ochenta y cinco años más liviano. Más limpio. Pero las arrugas no se habían marchado solas. No. Cada arruga era en realidad la huella de un beso. Y en cada pliegue dormía el olor del pasto recién cortado, el calor de un dedo en el ombligo, el gusto a mar de labios ajenos y tan rojos. Cada surco escondía cartas y primaveras; fotos descoloridas, pies enroscados y el ventanal.
Unos días más tarde, comprendió. La idea viscosa le trepó por la garganta. Quiso vomitar de vértigo o de miedo. No pudo. La arcada no fue más que eso. Adentro, no quedaba nada.
texto felizmente publicado en BLA :)
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Manualidades


