jueves, 29 de noviembre de 2018

Día III (y otros ratos)


Amanecer vomitando cascotes. Y justo arriba del esternón, una piedra. Una piedra filosa en el centro del pecho, entre las costillas, en el punto preciso en el que se anudan todas las nostalgias. Una piedra fría del color de la luna. Áspera como una puerta cerrada. Una piedra dormida que de a ratos se hincha y rasguña. 

Enturbia contornos, 
destiñe el aire. 

sábado, 24 de noviembre de 2018

Día II


saborear la pulpa de un suspiro
buscar tu sombra en la almohada
morder los bordes del tiempo
pescar mariposas
bailar a los gritos en un balcón del sexto piso
convertir los nunca en castillos de gelatina
y enhebrarme en el viento
tejer una caricia que trepe tu ventana

viernes, 23 de noviembre de 2018

Día I


Me gustaría que mañana, cuando despiertes entre sábanas azules, te acuerdes de mis piernas enroscadas en tu abrazo. Quisiera que mientras acariciás la cáscara de la naranja del desayuno pienses en las estrellas que comimos juntos, y en las que todavía nos quedan por devorar. Que cuando entres en la ducha y el agua te lime las espinas, al menos por un ratito, me imagines con los ojos bien abiertos mimándote las penas. Me gustaría que cuando salgas a la calle y el sol se te meta en las pupilas te acuerdes de nosotros y del mar.

viernes, 4 de noviembre de 2011

nuestros surcos

Vamos pedaleando
contra el tiempo,
soltando amarras.


El murmullo de las moscas se pierde entre las paredes de esta casa inmensa y el beso dulce de mamá todavía me late en el cachete. La abuela desteje un naranjo en puntas de pie y mientras tanto me grita que suerte, que por favor andá con cuidado. La mermelada tibia hierve en la cocina y ya casi da ganas de volver. Pero papá espera en el portón, sentado a la sombra de un árbol frondoso, y las ruedas de mi bici dibujan medialunas en el pasto húmedo mientras me acerco despacito hasta él. Las rejas se abren con un quejido sutil y papá me mira los ojos tan abiertos y me dice tranquila, que pedalear es más o menos como caminar las nubes, como patinar por las cuerdas finas de un violín. Y entonces sí la calle de tierra y este miedo bobo, el terror del raspón en la rodilla y el barro en la boca. Un gorrión cierra las alas y descansa su vuelo urgente en la mitad del camino. Adelante papá dibuja surcos con las ruedas, y en sus huellas juego a leer mi cuento preferido. La malla mojada se me pegotea entre las piernas y mis ocho años de muñecas y libros viejos se me pierden entre los poros. Un roble abre las hojas y se sacude la noche fría. Un auto rojo se acerca a los tropezones y nos envuelve en un nubarrón de tierra mientras nos pide el paso. En la orilla del sendero el barro es más denso, los mosquitos bailan sobre el pasto y me muerden las piernas descubiertas. El sol arde en la nuca y una oruga verde y gigante se mezcla con la primavera. El sudor es una gota gorda y espesa que serpentea en mi espalda cuando pasamos esa casona linda e imponente que a mí me parece casi un castillo, y entonces le digo papi cuando sea grande me gustaría vivir acá. Entre las ramas de los arbustos bajos resuenan los gritos de una pileta llena de niños. Una comadreja caprichosa atraviesa la calle sin tocar bocina y se apresura a hundirse en las profundidades de un pozo oscuro. La sonrisa bigotuda de papá se da vuelta y desde lejos me señala una nube con forma de flor. Las lágrimas de un sauce me despiden mientras paso y con papá seguimos pedaleándonos, contándonos la vida, riéndonos de los tambaleos y las lomas de burro, con este olor a fruta madura que nos tiñe la alegría, con este verano tibio que se nos seca en el pelo. Y entonces la cabina amarilla, el cantar de las chicharras y unos metros después el puente, este puente de autopista, donde la tierra desaparece y las ruedas zumban cómodas acariciando el asfalto, y ahora él y yo somos más livianos, las bicicletas se deslizan con la suavidad de un trazo y empiezo a entender mejor esto de patinar sobre las nubes y los violines. Cuando estamos del otro lado sé que llegó el momento de pegar media vuelta, de cruzar otra vez el puente, con un hasta pronto que se me deshace en el paladar como esas pastillas ácidas que nos gustan tanto, y entonces de nuevo la cabina, la casona, la oruga que sigue quietita justo donde la dejé hace un instante, la tierra que me espolvorea los pies, que me mancha esta infancia de caramelo, y con confianza ahora me animo y pedaleo más rápido, siento el viento que me despeina las escamas. Le grito a papá que el que llega primero gana, y así el camino de vuelta siempre parece más corto, el perro del vecino nos corre algunos metros silbando contentura y nosotros nos reímos con ganas hasta que el portón nos frena en seco. Bajamos de las bicis y entre los dos empujamos, papá sonríe y me deja creer que sin mi fuerza no puede, sabemos que detrás de estas rejas nos espera el calor, la pileta y la mermelada de naranja, y mientras él me bordea los hombros en un abrazo que me parece una caricia del sol, los dos caminamos juntos hasta la casa donde ya nos esperan para el almuerzo, hasta este descansadero del mundo que es casi un nido, rincón de recreos donde por un rato no hay celular ni oficina ni cigarrillo y todos jugamos a ser los nenes que en realidad somos.

jueves, 13 de octubre de 2011

El sueño de Rafael


En el fondo, un enjambre de nubes sinuosas se funde con el gris, como el aviso tenue de una tormenta inevitable. Entre tanta tiniebla asoma apenas un hueco de blanco, una hendidura que a lo lejos se adivina de viento puro, de calma fresca. Las líneas de un castillo se perfilan contra la humedad del aire, sus paredes de piedra húmeda interrumpidas por mil ventanas que titilan encendidas, anunciando el insomnio que espera como agazapado en cada rincón de este pueblo de muerte. Recortadas contra las torres impenetrables, algunas casas bajas se acurrucan sobre el lecho del río. El agua parece haberse filtrado por las puertas abiertas, y uno no puede evitar imaginar el triste silencio del abandono, el tibio vaivén de las olas meciendo los muebles toscos, arrastrando en una corriente que casi es murmullo todo lo que entre esos muros todavía queda de vida. De una de las casas desciende hacia el río un sendero de tierra. Dos hombres hunden sus pies descalzos en ese barro espeso, lleno de cicatrices, surcado por las marcas de otros pies y de otra huida. Se enroscan en un ir y venir de golpes secos, defendiendo cada uno su tierra y su destino.

Sobre la suavidad del oleaje se bambolean dos barcas. Sus contornos débiles se confunden con el agua y con la misma noche, y uno casi puede escuchar la caricia áspera de los remos contra el río, el llanto contenido de los niños a bordo, la desesperación que arde en los rostros vacíos de estos nadies que escapan del fuego, que transpiran sangre mientras intentan llegar a la otra orilla, a algún borde donde no exista esta guerra, el olor perpetuo de la condena, de esta muerte maldita que pudre todos los sótanos y todos los huesos.

Y más cerca, algunos metros hacia la derecha, la explosión. Suena como un grito denso, un quejido en la madrugada, como si todos los poros de esta tierra perversa lloraran juntos la misma pena. La explosión lo sacude todo, el fuego siniestro gatea por los muros como buscando quemar el cielo, fundirse con esta noche tan anónima y tan cerrada. Un humo negro, impenetrable, arrastra el olor nauseabundo de los cuerpos chamuscados, de la carne quemándose viva en el fondo rojo de un grito, de los retazos de cabello arrancados de sus raíces, encendiéndose hasta no dejar más que algunas cenizas y un silencio profundo. El edificio entero está en llamas. Hombres y mujeres desnudos corren una huida que parece ya inútil, tropezando a cada paso con el rostro imperturbable de este horror inmundo. Sobre las llamas chillan palabras de aliento. Una hombre corre con su mujer agonizando sobre los hombros. Una madre ayuda a su niño a saltar. Todos intentan llegar al agua, por fin a ese remanso de paz efímera donde el fuego se apaga y queda sólo la nostalgia, el abatimiento que sobreviene con la pérdida.

Y aquí, mientras el incendio truena esta furia convulsa, dos mujeres retuercen la pereza blanda de una tarde cualquiera. Desnudas, curvadas por el placer que compartieron hace apenas un instante, jadean sobre la tersura de un manto que ellas mismas han tendido sobre la tierra y que parece separarlas de todo. En silencio relamen el recuerdo de una caricia, de un beso en la boca, mientras el calor las hunde en un sueño del que quizás no vuelvan a despertar.


domingo, 4 de septiembre de 2011

Necrópolis

Y entonces, desde alguna concavidad del globo, desde algún rincón de esta agonía borracha, alguien beberá de esa copa todas las ideas.

Ese hombre, gigante ardido de garras, será la higuera donde caducarán todos juntos los fuegos y los insomnios. Se tragará una a una las espinas. Con sed de ahogado masticará estrellas hasta sentir brotar el polen, y entonces sí lamerá las heridas abiertas, las arterias de los cantores desgajados por el río.

Lo sabremos enseguida. Despertaremos esa mañana con el paladar vacío. Un sinsabor de lata usada nos rasgará las encías, sangrando saliva seca en nuestras bocas ahora mudas. Donde antes había lengua apenas quedará la sinuosidad de un agujero.

Ese hombre desayunará nuestras palabras y nos dejará solos. Condenados a carcomer los bordes del tiempo, a intentar atrapar el crepúsculo en un reloj de arena. Ese hombre le morderá a la poesía el talón izquierdo, y de un sorbo nos cortará todas las alas, y todas las venas, y todo el viento limpio. Y nos dejará así, desinflándonos a la orilla de una branquia, como peces rascados de sarna y tanta pena. La muerte será lenta. Apenas un lánguido vaciarse de ganas, un naufragar de las historias que navegan nuestros nervios.

Ese hombre hinchará su estómago con la pulpa de nuestra liviandad. Caminará nuestras vértebras inflándose como un hipopótamo engreído. Pero justo entonces, cuando la ambición viscosa le empaste la sonrisa y la fiebre, ese hombre estallará en un vómito convulso. Las letras y las acuarelas le volarán una a una las costuras. Ese hombre morirá al instante. Y no dejará tras de sí más que un cúmulo de carnes blandas; quizás el hedor de un último aliento, un cementerio estéril de artistas. Y un silencio.

martes, 5 de julio de 2011

Aspirando oliverios

De una trompa de falopio, desde la última habitación de la torre infinita de esa vagina de muela y de acero, le brotó de repente una sombra. Una sombra de prostituta amarilla o de rana reventada, una sombra que se le salió entre las piernas como avispada por un ejército de policías de un solo ojo, una sombra con cuchillo lista para arrancar todos los roces y los tendones. Con los pies todavía ásperos de caminar sexo contra las piedras y la nariz moqueando el semen podrido de algún perro medio loco, ella cerró bien fuerte las piernas y así se tragó todos los días y los fantasmas.

Le estallaron dentro como una multitud de payasos perversos, un avemaría en el tarareo de una gaseosa ya tibia. Y cuando todas las penas y todas las pulgas que durante tantos viernes habían quedado escondidas en el baúl del cielo le empezaron a crecer entre los ojos como la hierba tosca del mismísimo infierno, ella no se sorprendió, más bien se arrancó el pelo veloz como las sirenas o los aviones de guerra listos ya para vomitar la bomba. Y entre eso que se dice dientes pero en realidad no es más que una fila de edificios arrugados sobre una vereda sin tiempo, entre esos dientes sucios y de halcón mal afilado a ella se le escapó una sonrisa como teñida de amapola, de espina en la espalda o de escalera caracol, una sonrisa que según dicen le cortó ahí mismo al mundo todas las venas.

Y mientras el universo entero llovía la sangre, mientras los hombres y los pelícanos se colgaban de los balcones y de las piletas de natación, mientras las ratas carcomían vacas muertas a la orilla de la ruta y las cucarachas emergían todas juntas de las tumbas para dar por fin el golpe, así, mientras el mundo patinaba como una naranja exprimida que aplastada por el ogro escupe hasta la última semilla, así abrió ella bien grandes las vaginas, las que guardaba en las axilas, las que se trenzaban en el vello de las piernas, todas y cada una de las que le habían brotado entre los dedos de los pies durante tantos años y tanto pis y tanto flujo mal traído, todas las vaginas se abrieron juntas como la boca fértil del lobo, hasta vaciarse de broncas y de telarañas caducas.

Y allí se instalaron los que sobrevivieron al derrumbe, en los huecos de esa mujer enorme y caliente y hecha toda de savia rabiosa. Sus vulvas fueron vientre, hogar repleto de larvas que pronto se llenaron de pelos y de penes y de nueces. Y entonces, ni de una costilla ni de una manzana ni de la explosión de la onceava partícula de la locomotora del a-de-ene, sino más bien de la ternura de esa mujer tan llena de agujeros y de peces nacieron los nuevos hombres, los pobres tipos que cada tanto y si se animan abren los labios sellados de esa gran vagina madre y me golpean la puerta para pedirme un calmante, o aunque sea una tacita de café.